A pesar de los discursos oficiales que históricamente han propuesto estrategias de “abrazos y no balazos” para evitar que las organizaciones criminales sumen a menores de edad a sus filas, la realidad en el terreno muestra un panorama distinto. Los niños y adolescentes continúan siendo un blanco altamente vulnerable para el crimen organizado en México.
Los grupos delictivos se aprovechan de las leyes del país, conscientes de que los menores de edad reciben castigos considerablemente más leves y que una gran parte de ellos suele quedar en libertad sin recibir una sentencia. En este contexto, los jóvenes terminan desempeñando roles que van desde vigilantes y mensajeros hasta sicarios.