Con la llegada de las festividades de Día de Muertos, las calles de la ciudad comienzan a impregnarse de una fragancia inconfundible: una mezcla de mantequilla, naranja y azúcar que emana de los hornos más tradicionales. Detrás de cada pieza que adorna las ofrendas o se comparte en la mesa, existe un minucioso trabajo artesanal que se resiste a desaparecer frente a las modas de las redes sociales.
Para expertos con más de tres décadas en el oficio, como Carlos González, el verdadero valor de esta pieza radica en respetar la receta de siempre. Aunque hoy en día abundan las versiones con rellenos extravagantes, la apuesta por lo clásico —acompañada a lo mucho por una variante rellena de chocolate— sigue siendo el pilar que sostiene la identidad de esta temporada.