Con la llegada del fin de octubre y los primeros días de noviembre, las calles de nuestro país se llenan de un colorido contraste. Por un lado, las calabazas y los disfraces anuncian el Halloween; por el otro, el aroma a copal y las flores de cempasúchil marcan el tradicional Día de Muertos. Esta coincidencia temporal abre un debate anual sobre cuál de estas celebraciones tiene mayor peso en el corazón de los ciudadanos.
Cada año, el 31 de octubre y el 1 y 2 de noviembre abren paso a una doble festividad. Mientras que el Halloween destaca por sus fiestas de disfraces, calabazas y la clásica petición de dulces, el Día de Muertos se erige como un espacio íntimo y familiar para recordar a los seres queridos que ya partieron, mediante la colocación de ofrendas y visitas a los panteones. Sin embargo, surge la inquietud de si la festividad de origen estadounidense está ganando terreno sobre una de las costumbres más profundas de la identidad mexicana.














