Prestar la tarjeta de crédito a familiares o amigos es una práctica común, pero podría acarrear serios problemas con el Servicio de Administración Tributaria (SAT).
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Debido a que todas las compras realizadas con un plástico quedan asociadas directamente a su titular —sin importar quién haya efectuado el pago o realizado la compra—, el dueño de la tarjeta es el único responsable ante la autoridad fiscal.
Si el monto de los gastos registrados no coincide con los ingresos declarados por el titular, se puede generar una “discrepancia fiscal”, convirtiendo un favor cotidiano en un grave problema financiero y legal para el propietario de la cuenta.













