El azafrán, conocido como la especia más cara del mundo, atraviesa una de las etapas más complejas de su historia reciente en el valle de Cachemira. Durante 2024 y 2025, la producción regional cayó a su nivel más bajo registrado, acumulando una reducción del 68 % en los últimos veinte años. Agricultores locales y especialistas atribuyen este descenso a cambios en los patrones de lluvia, al aumento de las temperaturas otoñales y a periodos prolongados de sequía en el Himalaya occidental.
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Pampore, ubicada al sur de Srinagar, ha sido durante generaciones el principal centro de cultivo de azafrán en la región. Cada otoño, miles de familias participan en una cosecha que depende de una ventana de floración extremadamente corta: las flores solo permanecen abiertas alrededor de treinta y seis horas y deben recolectarse de forma manual. Tradicionalmente, las jornadas se extendían desde el amanecer hasta el anochecer. Sin embargo, durante el último otoño, la recolección diaria se redujo a apenas unas horas debido a la falta de lluvias.
El impacto de estas condiciones ha sido directo en los rendimientos. Agricultores que anteriormente recolectaban decenas de kilos por jornada reportaron cosechas totales mínimas al cierre de la temporada. A esto se suma el aumento de plagas y la presión de animales herbívoros que, ante la pérdida de su hábitat por la deforestación y el clima irregular, se desplazan hacia las zonas de cultivo.
El azafrán requiere suelos frescos, secos y lluvias moderadas a mitad de la temporada. Estudios recientes en el valle de Cachemira indican un incremento tanto en la temperatura como en las precipitaciones, aunque estas últimas se presentan cada vez más en forma de lluvias intensas y concentradas, seguidas de periodos de sequía prolongada, lo que afecta el desarrollo de los bulbos.
Frente a este escenario, agricultores, investigadores y autoridades han comenzado a implementar distintas estrategias. Algunas iniciativas incluyen el cultivo en entornos controlados, mientras que otras apuestan por prácticas tradicionales como la rotación de cultivos, la clasificación manual de bulbos y la reducción del uso de fertilizantes químicos. Estas medidas buscan preservar la fertilidad del suelo y mejorar la resistencia del cultivo, aunque sus resultados solo podrán evaluarse a largo plazo.
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A pesar de la incertidumbre productiva y económica, el azafrán continúa siendo un elemento central en la vida cultural y agrícola de Pampore. Para muchas familias, mantener la cosecha anual representa la continuidad de una tradición transmitida durante siglos, incluso cuando el cultivo ya no constituye su principal fuente de ingresos.