Después de pasar muchas horas de pie, hacer ejercicio o utilizar calzado incómodo, es común terminar el día con sensación de cansancio, tensión o dolor en los pies. Una práctica sencilla que suele utilizarse para obtener alivio es sumergirlos durante algunos minutos en agua tibia con sal para los pies, un hábito que puede proporcionar relajación y mejorar temporalmente la sensación de confort.
El efecto principal proviene del agua tibia, que favorece la relajación muscular y puede disminuir la rigidez, mientras que la sal puede contribuir a suavizar y exfoliar la piel. Sin embargo, algunos de los beneficios que tradicionalmente se atribuyen a este remedio, como “eliminar toxinas” a través de la piel, no cuentan con evidencia científica sólida.
El remojo también puede ayudar a ablandar zonas endurecidas y facilitar la eliminación suave de células muertas, por lo que puede resultar útil para personas que presentan resequedad o callosidades leves. Después del baño es recomendable aplicar una crema hidratante, ya que permanecer demasiado tiempo en contacto con agua y sal puede resecar la piel. Aunque suele hablarse de sus propiedades antisépticas, no es recomendable utilizar este método como tratamiento para heridas abiertas, infecciones u otros problemas dermatológicos sin indicación médica.

Para realizarlo de manera segura, se puede utilizar un recipiente amplio con suficiente agua para cubrir los pies hasta los tobillos. El agua debe estar tibia y resultar cómoda al tacto, evitando temperaturas elevadas que puedan causar quemaduras. El remojo puede mantenerse aproximadamente entre 10 y 20 minutos y, una vez terminado, es importante secar cuidadosamente los pies, especialmente entre los dedos, ya que conservar humedad en estas áreas puede favorecer la aparición de hongos u otras infecciones.
En cuanto a la cantidad de sal, no existe una dosis médica universal necesaria para obtener el efecto relajante. Algunas rutinas utilizan sal marina o sales de Epsom, aunque gran parte de la sensación de descanso puede conseguirse simplemente con el agua tibia. También se puede realizar un masaje suave durante el baño para relajar la musculatura, siempre que no exista alguna lesión que provoque dolor.
Hay personas que deben tener especial precaución con este tipo de remedios. Quienes viven con diabetes, neuropatía, problemas de sensibilidad en los pies, mala circulación o enfermedades que dificulten la cicatrización pueden no percibir correctamente la temperatura del agua o presentar lesiones sin darse cuenta. En estos casos conviene consultar con un profesional de la salud antes de realizar baños calientes y revisar los pies con frecuencia.
Aunque existen investigaciones que han estudiado los baños tibios como complemento para disminuir determinadas molestias, sus resultados no significan que el agua con sal pueda tratar por sí sola enfermedades que provocan dolor crónico. Si el dolor, la hinchazón o el enrojecimiento son frecuentes, aparecen heridas, cambios de coloración o dificultades para caminar, lo recomendable es buscar valoración médica para identificar la causa. Como parte de una rutina de autocuidado, un baño breve de pies puede ser agradable y relajante, pero su principal utilidad está en proporcionar confort temporal y cuidado de la piel, no en sustituir un tratamiento médico.
Con información de Dara Vargas.
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