Heredar un objeto de un ser querido suele ser un consuelo, pero para un niño de ocho años, recibir a “La Cucaracha” fue el inicio de un terror inexplicable. Esta muñeca de trapo, vestida de revolucionaria, no olía a viejo, sino a humedad y tierra. Tras la muerte de su dueña original, la casa comenzó a experimentar fenómenos poltergeist: lamentos a la madrugada, sombras largas y pasos pesados en la madera.
El horror alcanzó su punto máximo cuando la familia descubrió a la muñeca sobre un banquito en la cocina, intentando alcanzar unas galletas de chocolate, el último antojo que la abuela no pudo cumplir en vida. ¿Era un objeto poseído o el amor y los pendientes los que animaban a la tela?
El caso terminó con la intervención de un sacerdote, dejando una lección sobre los objetos que retienen la esencia de quienes ya partieron.
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