La sensación de que las semanas transcurren a una velocidad descomunal —conforme sumamos velas al pastel—no es una simple ilusión. La ciencia recurre a la “Ley de Weber” para justificar este fenómeno psicológico, argumentando que nuestra mente mide el tiempo de forma relativa y no de manera lineal o matemática.
¿Cuál es la teoría de los periodos proporcionales?
Este principio establece que percibimos el cambio en un estímulo en proporción directa con su magnitud inicial. Aplicado a la existencia, nuestro cerebro mide el tiempo de forma relativa al total de la vida ya vivida:
- En la niñez: Un año representa un porcentaje enorme de la experiencia total. A los 5 años, doce meses equivalen al 20% de la vida entera, haciendo que el tiempo se perciba lento y rico en novedades.
- En la edad adulta: Cada año nuevo se convierte en una fracción mucho más pequeña del tiempo acumulado.
Al envejecer, las rutinas se vuelven predecibles y los periodos actuales se procesan como bloques proporcionales menores. Esto exige que las variaciones o vivencias deban ser drásticamente más grandes para que logremos notar la diferencia en los lapsos largos, acelerando por completo nuestra realidad.
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