La costumbre de establecer propósitos al inicio de un nuevo año tiene antecedentes que se remontan a las primeras civilizaciones. Aunque en la actualidad se asocia principalmente con metas personales relacionadas con la salud, la economía o el desarrollo profesional, su origen está vinculado a ciclos naturales, prácticas religiosas y compromisos colectivos.
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Existen registros que señalan a los babilonios como una de las primeras culturas en formalizar esta práctica hace más de cuatro mil años. Para esta civilización, el Año Nuevo comenzaba en marzo, durante el equinoccio de primavera, un periodo relevante para la actividad agrícola. En ese contexto, los compromisos asumidos consistían en promesas a las deidades, como devolver objetos prestados o cumplir obligaciones económicas, con el objetivo de asegurar estabilidad durante el nuevo ciclo.
De los rituales antiguos al calendario actual
Otras culturas desarrollaron prácticas similares. En el antiguo Egipto, el inicio del año se determinaba por la salida heliaca de la estrella Sirio, fenómeno que coincidía con la crecida del río Nilo y marcaba el inicio de la temporada agrícola. Durante este periodo se realizaban ceremonias religiosas y se reafirmaban compromisos sociales.
En el Imperio Romano, el comienzo del año se dedicó al dios Jano, asociado con los inicios y las transiciones. El mes de enero, que deriva de su nombre, simbolizaba el paso de un ciclo a otro. En estas fechas, los ciudadanos renovaban compromisos cívicos y juramentos de lealtad.
En el año 46 a. C., Julio César estableció oficialmente el 1 de enero como el inicio del año con la implementación del calendario juliano, antecedente directo del calendario utilizado en la actualidad.
El significado actual de los propósitos
Con el paso del tiempo y los procesos de secularización, los propósitos de Año Nuevo dejaron de estar ligados exclusivamente a lo religioso o comunitario y comenzaron a orientarse hacia compromisos individuales. En la actualidad, estos objetivos suelen relacionarse con la planificación personal y la evaluación de hábitos y metas.
Estudios en ciencias sociales han identificado el llamado fresh start effect o “efecto de nuevo comienzo”, un fenómeno que explica cómo ciertos hitos temporales, como el inicio del año, funcionan como referencias psicológicas que favorecen la reflexión y el establecimiento de nuevas metas. Investigaciones publicadas en PLOS ONE señalan que las resoluciones tienen mayor probabilidad de mantenerse cuando se plantean con objetivos claros, estrategias definidas y mecanismos de apoyo, mientras que suelen abandonarse cuando carecen de planificación.
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A pesar de los cambios en su forma y significado, la práctica de fijar propósitos al inicio del año se mantiene vigente. Esta tradición continúa funcionando como un ejercicio de revisión y proyección, con raíces en rituales antiguos que han sido adaptados a los contextos sociales actuales.