Mientras muchas personas necesitan al menos siete u ocho horas de sueño para funcionar correctamente, hay quienes pueden dormir mucho menos sin presentar signos de fatiga. Esta diferencia no es casualidad y tiene una explicación científica.
Diversos estudios han demostrado que la capacidad de dormir poco sin afectar el rendimiento está relacionada principalmente con la genética. Existen personas con mutaciones específicas en genes que regulan el sueño, lo que les permite descansar de forma más eficiente en menos tiempo.
A este grupo se le conoce como “durmientes cortos naturales”. No es que se acostumbren a dormir poco, sino que su cuerpo realmente necesita menos horas para recuperarse. En estos casos, el cerebro entra más rápido en fases profundas del sueño, optimizando el descanso.
Por otro lado, la mayoría de la población no cuenta con esta ventaja biológica. Cuando una persona promedio duerme menos de lo necesario, su cuerpo comienza a resentirlo: disminuye la concentración, aumenta el estrés y se afecta el sistema inmunológico.
Además, factores como el estilo de vida, la alimentación, el uso de dispositivos electrónicos y el estrés también influyen en la calidad del sueño. Incluso si alguien duerme muchas horas, pero tiene un descanso interrumpido o poco profundo, puede sentirse más cansado que alguien que durmió menos pero mejor.
Los especialistas recomiendan no compararse con otros y priorizar un descanso adecuado según las necesidades individuales. Dormir poco no siempre es una ventaja y, en la mayoría de los casos, puede tener consecuencias negativas a largo plazo.
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