Hay sonidos cotidianos que para muchas personas pasan desapercibidos, pero para otras pueden sentirse insoportables. El chasquido al comer, una respiración cercana, el golpeteo de un bolígrafo o el tecleo constante pueden detonar una reacción intensa y difícil de controlar. A esta condición se le conoce como misofonía.
La misofonía es una baja tolerancia a sonidos específicos que generan respuestas emocionales, físicas y conductuales desproporcionadas. No se trata simplemente de “odiar el ruido” ni de tener el oído más sensible: el problema suele estar en cómo el cerebro interpreta ciertos sonidos repetitivos o asociados a una situación concreta.
Quienes la experimentan pueden sentir irritación, asco, ansiedad, enojo o una necesidad urgente de alejarse del estímulo. En algunos casos, la reacción aparece incluso antes de escuchar el sonido, solo con anticipar que podría ocurrir.
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¿Qué sonidos suelen detonar la misofonía?
Los desencadenantes varían de una persona a otra, pero suelen estar relacionados con sonidos humanos o repetitivos. Entre los más comunes están masticar, sorber, tragar, respirar fuerte, carraspear, toser, hacer clic con un bolígrafo, golpear la mesa con los dedos, mover los pies o teclear.
También puede haber molestias frente a estímulos visuales asociados, como ver a alguien mover la pierna de forma repetitiva o anticipar el sonido de una acción cotidiana.
Una señal clave es que la reacción parece demasiado intensa en comparación con el sonido. No es sólo incomodidad: puede sentirse como enojo repentino, tensión corporal, ansiedad, taquicardia, sudoración, necesidad de escapar o dificultad para concentrarse.
También conviene observar si la persona empieza a evitar lugares, comidas familiares, oficinas, salones de clase o reuniones por miedo a encontrarse con esos sonidos. Cuando la molestia afecta la convivencia, el trabajo, la escuela o la vida social, es recomendable pedir orientación profesional.