La inflamación es una respuesta del sistema inmunológico ante infecciones o lesiones. Sin embargo, cuando se mantiene de forma persistente, puede asociarse con el desarrollo de enfermedades como artritis, diabetes tipo 2, afecciones cardiovasculares y trastornos neurodegenerativos. Investigaciones académicas, entre ellas análisis difundidos por The George Washington University, indican que el estilo de vida y la alimentación influyen en los niveles de inflamación del organismo. Factores como sedentarismo, consumo de tabaco y alcohol, estrés prolongado y sobrepeso pueden favorecer procesos inflamatorios continuos.
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Dentro de los patrones alimentarios orientados a reducir la inflamación se recomienda priorizar frutas, verduras, pescado, frutos secos y grasas de origen vegetal, así como limitar productos ultraprocesados con alto contenido de azúcares añadidos y grasas trans. Entre los alimentos señalados se encuentran las bayas (como fresas, arándanos, frambuesas y moras) que aportan fibra y compuestos antioxidantes. También se incluye el salmón y otros pescados de agua fría, como caballa y anchoas, por su contenido de ácidos grasos omega-3.
Las verduras crucíferas, como brócoli, coliflor y coles de Bruselas, contienen compuestos asociados con la regulación de procesos inflamatorios y aportan fibra. El tomate, por su contenido de licopeno y vitamina C, y los frutos secos como nueces y almendras, que contienen grasas insaturadas y vitamina E, forman parte de este enfoque nutricional. El aceite de oliva extra virgen, base de la dieta mediterránea, aporta polifenoles, mientras que el té verde contiene catequinas. La cúrcuma, utilizada como especia, aporta curcumina, sustancia estudiada por su relación con la respuesta inflamatoria.
Estudios de cohorte publicados en la red de revistas médicas JAMA han observado que patrones de alimentación con predominio de estos alimentos se asocian con menor riesgo de demencia en comparación con dietas con mayor carga inflamatoria. En algunos análisis también se reportaron diferencias en indicadores de estructura cerebral en personas con enfermedades cardiometabólicas.
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La evidencia disponible sugiere que la incorporación sostenida de alimentos frescos de origen vegetal, pescado y grasas no saturadas puede contribuir a reducir la inflamación sistémica y apoyar la prevención de enfermedades crónicas.