El herpes zóster es una afección causada por la reactivación del virus que provoca la varicela. Tras la infección inicial, el virus no se elimina del organismo, sino que permanece en estado latente dentro de los ganglios nerviosos, donde puede mantenerse durante años sin manifestarse.
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Diversos factores pueden favorecer su reactivación, entre ellos el envejecimiento, la disminución de las defensas del sistema inmunológico, el estrés prolongado o enfermedades que afectan la respuesta del organismo. Cuando el virus se activa nuevamente, se desplaza a través de los nervios hasta la piel, lo que provoca dolor localizado y la aparición de lesiones.
Una característica del herpes zóster es que las erupciones siguen trayectorias específicas llamadas dermatomas, lo que permite su identificación clínica. En la mayoría de los casos, las lesiones aparecen en un solo lado del cuerpo y se acompañan de sensaciones como ardor, hormigueo o dolor previo a la erupción.
En México se estiman alrededor de 220 mil casos al año, con mayor incidencia en personas mayores de 50 años. Además del malestar físico, esta enfermedad puede generar complicaciones. Una de las más relevantes ocurre cuando se afecta la zona ocular, lo que puede derivar en problemas de visión si no se atiende de forma oportuna.
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El tratamiento incluye el uso de antivirales, cuya eficacia depende en gran medida de que se inicien en las primeras horas tras la aparición de los síntomas. Como medida preventiva, la vacunación reduce la probabilidad de desarrollar la enfermedad y sus complicaciones asociadas.